Pienso que soy una escritora tan simple
que siempre voy a ser una escritora amateur
que solo puede contar lo que le pasa,
es decir, nunca seré una observadora abstracta del mundo,
ni podré estar por encima de mis circunstancias
(mis circunstancias ahora son estar discutiendo esto con es decir, estar hablando de feminismo con un hombre).
Pero también pienso que vivir así es destilar
un veneno dulce
como si mis dedos,
mis brazos,
mi pecho
y todo mi cuerpo
estuviesen hechos de la carne de alguna flor
que cuando apretás
y apretás
en un mortero
desprende una esencia.
Quizás esa sea una buena metáfora
del amor heterosexual:
los hombres extrayendo
todo de las mujeres
el arte extrayendo
todo de las mujeres
el mundo extrayendo
todo de las mujeres
y así.
*
Todas las veces que me hiciste llorar
La primera vez fue en enero de 2016,
iba en el subte y estaba leyendo tu primer libro.
Loré por Fabio (de ahora en más cambiaremos los nombres de todas las personas reales que no seamos nosotros), que me había dejado
para irse con una chica joven.
La segunda fue un domingo de octubre de 2017,
vi que habías puesto el disco Magic and Loss
de Lou Reed en tu instagram
y te conté por messenger
que todas las mañanas de 1992 lo escuchaba muy temprano
antes de irme a clase mi primer año de universidad.
Nos pusimos a hablar de ese disco y me puse a escucharlo.
Yo nunca le había prestado atención
a lo que realmente dicen las letras
a pesar de haberlas escuchado cientos de veces,
y lloré por la muerte de mi hermano tres años atrás.
Creo que nunca había llorado así por él.
La tercera vez que lloré fue en Santiago, leyendo tu nuevo libro
en la terraza del hotel Magnolia mientras miraba el cerro Santa Lucía.
Lloré después de leer un pasaje donde decís
que el deseo y la vida no son lo mismo.
No sé por qué, eso me hizo sentir infinitamente sola.
Infinitamente alejada del deseo mío por otros y de otros por mí.
Bazar americano: Reseña de Diego Vdovichenko LEE